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ESTAMOS PERDIENDO EL NORTE

  • Foto del escritor: Mónica Cué
    Mónica Cué
  • 24 feb
  • 4 Min. de lectura

Por Mónica Cué

Educamos buscando “equilibrio” y nos mantenemos perdidos ¡Estamos perdiendo el norte! La educación se percibe como una línea que ha pasado por generaciones y sin ensayo se torna borrosa a través de ellas. Toda generación educa reaccionando a los aciertos y fallos de la anterior y así seguimos, pero ¿Dónde paramos? 

Venimos de modelos impositivos, casi dictatoriales rígidos y verticales. Autoridad incuestionable y obediencia como virtud suprema. En ese entonces, la emoción no era prioridad; la disciplina una necesidad. Se confundía carácter con dureza y respeto con miedo.


Luego, se movió el péndulo…


La conciencia psicológica abrió una puerta necesaria: Ahora el trauma importa, la herida deja marca, la represión no forma parte del criterio, la apertura crea una brecha, pero la comparación es inevitable. Se empieza a soltar, escuchar, validar, se tiende a humanizar y a respetar la individualidad del ser y decidir, pero ¿Cuál es el límite?


El péndulo no se quedó en el centro...


Pasamos del “porque lo mando yo” al “para que no te traumes”. Y entre el miedo a herir y el afán por ser padres comprensivos, llegó una actitud suprema ante la que muchos renunciaron a una función esencial de la paternidad: Guiar.


Está claro que educar no es imponer, pero tampoco es abdicar y renunciar al rol por complacer. Vemos generaciones que fueron criadas o son sobrevivientes de una paternidad castrante, una que no dejó aire ni autonomía, pero luego llegó una permisividad tan laxa que eliminó el marco. Y sin marco no hay estructura; sin estructura no hay brújula.


Y justo ahí es que nos perdemos, porque tanta libertad sin dirección no es precisamente libertad; es más bien desorientación dentro de un laberinto.


El resultado es visible: Adultos jóvenes que sienten que cualquier identidad autoafirmada debe ser automáticamente validada por la realidad externa aunque contradiga la lógica elemental. No hablamos de explorar personalidad, preferencia o gustos (eso es parte natural del desarrollo y de tratar de encontrarse) sino de pretender que la biología, la naturaleza o las categorías básicas del mundo, funcionen según el deseo individual y además tratando de imponer la aceptación social envueltos en la bandera de inclusión mal formulada.


Es muy evidente… Decidir “ser” un animal no es una ampliación creativa de la identidad. Es una desconexión absoluta entre fantasía y realidad, es pretender vivir en un mundo alternativo que no existe ni tratando de encontrarlo. Así, que al ser parte clara del surrealismo, no tendría por qué tener etiqueta, foro o definición dentro la realidad actual y ¿Por qué nos distrae?


Es que simplemente: Un lobo no come en la mesa, duerme en cama calentita, ni vive en un departamento; un gato no se viste, no tiene trabajo ni necesidades sociales; un oso no asiste a eventos, no habla de derechos, ni hace manifestaciones; un caballo no usa tecnología, no necesita dinero o ser parte de una cultura y un perro no tiene profesión, no pretende imponer criterios ni dictar reglas. Osea que dicen ser, pero no lo son y por lo tanto… ¿Juegan un papel a convenir?


Esto no es burla ni discriminación con sesgo de opinión. Es absoluta evidencia social.


Si alguien afirma no pertenecer al mundo humano, la pregunta no es moral; es estructural: ¿A qué sistema pertenece entonces? Porque está claro que no podría sobrevivir en el hábitat natural, no tiene la fisonomía ni las necesidades del animal con quien dice identificarse, tampoco podría integrarse a su manada, ni podría vivir bajo sus reglas biológicas. Y si no pertenece al mundo humano —aunque dependa absolutamente de él— ni puede pertenecer al mundo animal, entonces queda suspendido en una ficción que no conforme, exige ser validada por todos.

Eso no es identidad sólida, es falta de anclaje y justo aquí es donde la educación perdió la línea media; esa fina línea entre el autoritarismo que asfixia y la permisividad que diluye ¿Dónde nos perdimos? Ciertamente existe un ideal del punto de equilibrio. Una autoridad firme y afectiva; la que pone límites sin humillar, la que escucha sin rendirse y la que comprende sin imposición, pero sin necesidad de renunciar a la realidad.


Así como la tarea de la sociedad es marcar límites y reglas de convivencia para lograr la armonía como comunidad; la función del adulto y padre dentro de la misma, no es aplaudir incongruencias ni celebrar cualquier narrativa interna; es ayudar a distinguir entre imaginación, emoción, fantasía y estructura objetiva del mundo. Porque la pertenencia no se construye negando lo que somos, se construye entendiendo dónde estamos.


Estamos en el mundo humano, con necesidades, límites y biología humana, con lenguaje y responsabilidades humanas; y bajo este criterio: La brújula entonces no es rigidez, ni empatía forzada; es congruencia, es orientación, guía y sentido común.


Educar es transmitir esa brújula. No para controlar el camino del hijo, sino para que pueda caminar sin perderse en fantasías que lo desconecten de la realidad compartida. Es verdad que la creatividad es valiosa, la sensibilidad necesaria; es cierto que encontrar la identidad individual es complejo y parte de nuestra evolución natural dentro de una realidad en el desarrollo humano, pero el criterio y el sentido común siguen siendo indispensables.


Todos los extremos confunden. Si se dicta y controla, se pierde individualidad; si todo es válido, nada orienta, pero si todo se impone desde un mundo alternativo y el  propio deseo, la pertenencia colectiva se fractura. Y una sociedad sin suelo común y firme no es más libre; es mucho más frágil.


Así que quizá no necesitamos volver a la rigidez, pero definitivamente necesitamos regresar al centro de equilibrio. Ahí donde la libertad tiene dirección, donde el afecto convive con el límite, donde la identidad dialoga con la realidad y donde educar no es dominar o someter, pero tampoco desaparecer. Educar es sostener y guiar, pero dentro de una realidad consciente, entonces ¿Qué tal si recuperamos la razón, la lógica y el sentido común? Que eso… no se gasta por usarlo.

Registro de Propiedad Intelectual ©Mónica Cué


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